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Benjamin Biolay, de visita por América|13/05/2008 20:19| Presentación de Benjamin Biolay efectuada el 26 de abril de 2008 en el Teatro Oriente de Santiago, Chile, ante mil espectadores.
Como la ciudad soñada era París, no Nueva York, debe haber sido genial pasearse entre cotillones que se movían sugestivamente al ritmo del cancán en el Folies-Bergère o en el Moulin Rouge, previamente informados del espectáculo por un afiche de Toulouse-Lautrec, acompañados de poetas surrealistas, filósofos pre-existencialistas y pintores fauvistas y dadaístas, corriendo todos presurosos por les Champs-Elysées con algún manifiesto en mente, en una carrera tan loca como los años que se avecinaban. Hasta que llegaron las guerras y Estados Unidos se apropió de la atención… se apropió de la ampolleta del faro. En eso pensaba cuando, desde mi butaca central en el Teatro Oriente, disfrutaba del espectáculo de Benjamin Biolay. Claro, porque a esta altura del partido los que asistimos a este tipo de conciertos “alternativos” parecemos una especie rara que no acepta que lo anglo es necesaria predominancia, única alternativa de sociabilidad, y de ¡globalización! Si hasta nuestras miserables cabezas tienen hoy su precio en dólares. Pero, bueno, qué se le va a hacer: mientras eliminamos un imperio y construimos un nuevo mundo sobre la base de las diferentes tribus que somos, me dejo llevar por los sonidos de un músico brillante por lo inquieto, más que por sus ocurrencias. Benjamin Biolay es un gran compositor. Se nota en sus melodías, en sus sonidos. Pero en vivo, el colaborador y amigo de Keren Ann, también dejó en evidencia su gran dominio instrumental. El piano parece ser su compañero ideal, pero me sorprendió su ejecución de la guitarra acústica, logrando atmósferas muy especiales, mucho más que cuando toca la eléctrica. Lo de la trompeta me pareció más bien un juego, el permiso que se toma quien sabe usar un instrumento complejo, aunque no sea del todo virtuoso. Ves Hasta el momento que él mismo definió como “la primera parte de su show”, donde pidió un intérprete para poder explayarse en un par de ideas, su actuación me parecía simplemente correcta, no muy “prendida”, pero donde destacaba claramente el acompañamiento de su banda de dos músicos que le aportaban las bases rítmicas, teclas y guitarra… y un moderno theremin… ¡excelentes dos músicos!
Pero luego vino la magia. Como que se soltó. Como que su imagen de chico rudo no pudo vencer una cierta timidez producida por un publico que conocía sólo un par de canciones, pero que no coreaba sus éxitos como en Francia, Suiza, Bélgica y Québec (“no pensábamos venir nunca más al sur de eso”). Al momento de tomar la guitarra acústica se aproximó tanto en distancia física como humana. Su versión de “L’ombre et la lumière” que compusiera para su hermana, la bella Coralie Clément, fue al nivel de los grandes de Brasil. La mezcla del bossa nova con el francés es algo verdaderamente exquisito. “Jardin d’hiver” lo volvió a demostrar. Otro gran momento que mantuvo la mecha encendida fue el cóver de “As time goes by” de la película “Casablanca”.
Benjamin Biolay es un músico del que se debe aprovechar su visita. Su falta de encasillamiento en un solo estilo, lejos de confundir, es un regalo. Nada hay como un artista que al mando de su voz y su sonido, nos pasea por el recitativo rapero, el bossa nova, la balada o la experimentación rockera. Hay que difundir más su música, porque ¡Santiago no es Chile y Estados Unidos no es América! Hay otros idiomas, otras culturas… y otras formas de enfocar la música. por Denis Leyton más información en
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