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GORAN BREGOVIĆ y la Orquesta de Bodas y Funerales|29/01/2008 21:07| Comentario sobre la presentación de Goran Bregović efectuado el 20 de enero de 2008 en el Parque Araucano de Santiago, Chile, ante 8.000 espectadores.
GORAN BREGOVIĆ fue presentado como el autor de la música de las películas de Emir Kusturica, pero el oriundo de Sarajevo es mucho más que eso, es un músico eximio que pasa por distintos estilos y formas, pero dentro de un mismo espíritu. El bosnio posee una carrera que inició a los 16 años cuando creó su primera banda, “Bijelo dugme” (el botón blanco), tras haber estudiado violín en el conservatorio. Siguieron quince años de giras exitosas por la Europa del este, ahora enfundando una guitarra eléctrica como un rockero de tomo y lomo que encontró en este estilo la forma de expresar sus ideas (“era la única forma de poder hacer oír nuestra voz, y de expresar públicamente nuestro descontento sin arriesgarnos a ir a la cárcel”). Luego de un tiempo de gozar de su estatus de estrella, se retiró para componer la música de “Tiempo de Gitanos”. Sin embargo, la guerra de los Balcanes cambió radicalmente la vida de este músico hijo de madre serbia y padre croata, ironía vivida por cientos de familias que sufrieron la fuerza del monstruo grande que pisa fuerte, en una contienda racial estúpida y aberrante. Así las cosas, se instaló en París donde se unió a otro proyecto de Kusturica, “Sueños de Arizona”, donde involucró a Iggy Pop. Luego seguiría “Underground”, con el inolvidable “Kalasnjikov”; el soundtrack de la película de Patrice Chéreau “La Reina Margot”, con Isabelle Adjani y Miguel Bosé; y composiciones para importantes proyectos teatrales en Europa.
Goran Bregović aterrizó en Santiago en el marco de ese genial proyecto llamado “Santiago a Mil” que reúne lo mejor del teatro chileno y mundial, y que en los últimos años se abrió a otras expresiones como la danza y la música. Y lo hizo un par de años después que el mismo Kusturica revolucionara en dos ocasiones Santiago con la “No Smoking Band”, por lo que la música klezmer no es una novedad absoluta. A mí me la enseñó hace algunos años mi amigo Pato Doña, accediendo a sonidos familiares, pero insospechadamente atractivos. Así es como conocí a “Kroke” y, especialmente, a “Klezmatics”. Y en Chile, a esa tremenda banda que es “La Mano Ajena”.
Escuchas Se relaciona mucho la música klezmer con la música gitana, y ello corresponde a espacios geográficos comunes que judíos y gitanos compartieron, por ejemplo, en Hungría, y al estatus que mantenían al momento de gestarse esta cultura: pueblos despreciados y sin territorio propio. Como común es la expresión de sus melodías y algunos de sus instrumentos, como el violín. El klezmer es la música de las fiestas, algo así como el jazz judío, una música donde lo importante es el cómo se toca, y donde la improvisación es parte fundamental.
Manteniendo la tradición klezmer de tocar para los eventos familiares, Bregović expone sus canciones para bodas y funerales junto a músicos que cumplen con el requisito de la pasión y la tradición, pero poseedores también de una calidad portentosa, tanto en las dos voces femeninas, pasando por la percusión y el acordeón, y la sub-banda de instrumentos de viento, donde el señor flautista me dejó boquiabierto. Nos sorprendió la primera parte compuesta por su repertorio clásico, con un cuerpo de músicos chilenos a la altura de la ocasión, interpretando piezas de “Underground” y “Arizona Dreams”. Sonó hermoso, ideal para la luna que asomaba en lo que debía ser la tribuna oriental del estadio "abortado"... Luego él, entrando al escenario con su guitarra eléctrica ("Yo elegí la guitarra porque los guitarristas siempre tienen más éxito con las chicas"), después que su orquesta lo hiciera de entre los mismos espectadores, encabezando una comparsa que marcaría el tono de la noche. Así fue el inicio de una fiesta que tampoco se quedaba en la canción oreja. Digámoslo, ideal para el adulto joven: bailar como loco “Kalasnjikov” (“Boom, boom, boom, boom, boom, kutz, kutz ehy ja”), moverse con la cadencia de “Ya Ya” (“Ringe ringe raja, došo èika Paja”) o de “In the death car”, para luego descansar con las piezas incidentales como “War”, mientras tratas de mirar la pantalla de la derecha, porque la izquierda se apagó, en medio de la grúa y las cámaras de TVN que, en un acto de peor es nada, retransmitió el concierto un sábado a la medianoche, cuando, o estás de fiesta, o estás muerto de sueño (qué triste la tele de mi país).
por Denis Leyton
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